martes, 30 de noviembre de 2010

Minería atenta contra la salud medio ambiental

Minería atenta contra la salud medio ambiental
(Caso La Zanja, Valle Chancay – Lambayeque)


La Comisión Multisectorial de Defensa del Medio Ambiente de la cuenca Hidrográfica Chancay – Lambayeque, integrada por la Junta de Usuarios del Valle Chancay-Lambayeque, Comisiones de Regantes, Asociaciones de Productores Agrarios, CONVEAGRO Regional Lambayeque, Federación de Rondas Campesinas de Santa Cruz, Frente de Defensa y Medio Ambiente Pulán, SUTE Provincial Santa Cruz, y demás organizaciones de Lambayeque y Cajamarca convocan a la población de la macrorregión norte a defender la salud y la vida, y participar en el PARO AGRARIO INDEFINIDO DEL 25 DE NOVIEMBRE, para que el Gobierno atienda las exigencias, formuladas en reiteradas oportunidades de manera escrita y verbal, y se pronuncie sobre la problemática referente a casos concretos de explotación minera que vulneran la vida y el medio ambiente.

En la cabecera de cuenca (donde nace el río Chancay), ubicada en el caserío La Zanja, del distrito de Pulán, provincia de Santa Cruz de Succhubamba, región Cajamarca, las compañías mineras Newmont Gold Company -EEUU- y Buenaventura (Yanacocha en Cajamarca), han formado la empresa Minera La Zanja S. R. L. para explotar este yacimiento en una perspectiva de más de 500 mil onzas de oro y casi cuatro millones de onzas de plata, a través de una explotación a tajo abierto, removiendo con dinamita y maquinaria pesada miles de hectáreas por día y que además se utilizan sustancias altamente tóxicas como el cianuro y el mercurio. Con la contaminación del agua de los ríos de la cuenca, se perjudicaría los embalses de los reservorios Tinajones y Boró que abastecen el consumo de la población, agricultura, ganadería y la industria alimentaria del valle.

Casi el 100% del distrito de Pulán está concesionado a distintos proyectos mineros, en tanto que el 65% de la provincia de Santa Cruz se encuentra en la misma situación.

Gobierno, débil fiscalización

A pesar que el Ministerio de Energía y Minas (MEM), que es a su vez propietario o accionista de empresas mineras, es regulador de las políticas del sector minero y a la vez promotor de las inversiones mineras, por lo tanto decide sobre tierras, agua y lotización de yacimientos. No existe ninguna institución que vigile sus actividades, que proteja los derechos e intereses de las comunidades afectadas. Por otro lado, la Constitución ha hecho recaer en el Estado la función de evaluar y preservar los recursos naturales, fomentar su racional aprovechamiento y promover su industrialización para impulsar el desarrollo económico, según lo establece el Art. 119º (MEM 1993:160).

Sin embargo, el Estado en vez de defender la salud pública, el medio ambiente y la actividad agropecuaria, favorece a la explotación minera como es el caso La Zanja y Kañariaco en el distrito de Kañaris (provincia de Ferreñafe, en Lambayeque), aprobando la fraudulenta audiencia y el estudio de impacto ambiental; asimismo, mediante la Administración Local del Agua Chancay – Lambayeque (ALACH), quien también autorizó la construcción de un gran reservorio en La Zanja y el uso del agua para fines mineros, permitiendo a esta compañía disponer y contaminar el agua de uso agrario y poblacional, además de la construcción de numerosos pozos que absorben y secan este importante colchón acuífero.

Impacto medioambiental

La presencia de contaminantes en el suelo supone la existencia de potenciales efectos nocivos para el hombre, la fauna en general y la vegetación; los cuales dependerán de las características toxicológicas de cada contaminante y de la concentración del mismo, la enorme variedad de estas sustancias implica un amplio espectro de afecciones toxicológicas. Esto se refleja de forma directa sobre la vegetación, induciendo su degradación, la reducción del número de especies presentes en ese suelo, y más frecuentemente la acumulación de contaminantes en las platas, sin generar daños notables en éstas; en el hombre, por ingesta o contacto dérmico, produce intoxicaciones por metales pesados.

Indirectamente, a través de la cadena trófica, la incidencia de un suelo contaminado puede ser más relevante. Absorbidos y acumulados por la vegetación, los contaminantes del suelo pasan a la fauna en dosis muy superiores a las que podrían hacerlo por ingestión de tierra; cuando estas sustancias son bioacumulables, el riesgo se amplifica al incrementarse las concentraciones de contaminantes a medida que ascendemos en la cadena trófica, en cuya cima se encuentra el hombre.

Las precipitaciones ácidas sobre determinados suelos originan, gracias a la capacidad de intercambio del medio edáfico, la liberación del ion aluminio, desplazándose hasta ser absorbido en exceso por las raíces de las plantas, afectando a su normal desarrollo. En otros casos, se produce una disminución de la presencia de las sustancias químicas en el estado favorables para la asimilación por las plantas. Así pues, al modificarse el PH del suelo, pasando de básico a ácido, el ion manganeso que está disuelto en el medio acuoso del suelo se oxida, volviéndose insoluble e inmovilizándose.

Otros efectos inducidos por un suelo contaminado son la degradación paisajística y la pérdida de valor del suelo. Los vertidos y la acumulación de residuos en lugares no acondicionados, generan una pérdida de calidad del paisaje, a la que se añadiría en los casos más graves, el deterioro de la vegetación, el abandono de la actividad agropecuaria y la desaparición de la fauna. Económicamente, y sin considerar los costos de la recuperación del suelo, la presencia de contaminantes en un área supone la desvalorización de la misma, derivada de las restricciones de usos que se impongan a este suelo, y por tanto la pérdida económica para los pequeños propietarios de las comunidades cercanas.

Contaminación del agua

La causa más agresiva de contaminación del agua es por la minería, cuyos alcances proceden de cuatro tipos de impactos mineros en cuanto a calidad de agua:

1.- Drenaje ácido de la minería. Cuando grandes cantidades de roca que contienen minerales sulfatados son excavadas en tajo abierto o en vetas en minas subterráneas, estos materiales reaccionan con el aire o con el agua para crear ácido sulfúrico; cuando el agua alcanza cierto nivel de acidez, un tipo de bacteria común Tiobacilus Ferroxidante puede aparecer acelerando los procesos de oxidación y acidificación, lixiviando aun más los residuos de metales de desecho. El ácido es transportado desde la mina por el agua, las lluvias o por corrientes superficiales, y posteriormente depositado en los estanques de agua, arroyos, ríos, lagos y mantos acuíferos cercanos. Este proceso degrada severamente la calidad del agua y puede aniquilar la vida acuática, así como volver el agua prácticamente inservible.

2.- Contaminación por metales pesados y lixiviación. Metales como el arsénico, cobalto, cobre, cadmio, plomo, plata y zinc contenidos en las rocas excavadas o expuestos en vetas en una mina subterránea entran en contacto con el agua y son llevados por ésta río abajo. Además el drenaje ácido de la minería crea condiciones de pH bajo acelerando la lixiviación.

3.- Procesando la contaminación química. Se producen cuando algunos agentes químicos (tales como el cianuro y el ácido sulfúrico, utilizados por compañías mineras para la separación del material deseado, del mineral en bruto) se derraman, gotean, o se trasladan del sitio de extracción a un cuerpo de agua cercano.

4.- Erosión y sedimentación. La actividad minera perturba el suelo y las rocas en el transcurso de la construcción y mantenimiento de caminos, basureros y excavaciones a la intemperie. Por la ausencia de prevenciones adecuadas y estrategias de control, la erosión de la tierra expuesta puede transportar una gran cantidad de sedimentación de arroyos, ríos y lagos. La sedimentación excesiva puede obstruir riveras, la delicada vegetación de estas y el hábitat para la fauna y organismos acuáticos.

Políticas verde$: Salud Ambiental vs. Rentabilidad

La evidente prioridad de la inversión privada, agudizada durante el gobierno de Alan García y sus medidas neoliberales cataclísmicas (“invertir que el mundo se va acabar” –o precisamente por eso-), violentan el derecho fundamental a la vida, el respeto al derecho preexistente de comunidades ancestrales frente a sus territorios y recursos, la conservación de la diversidad biológica y la preservación del ecosistema. La normatividad establecida para garantizar el aprovechamiento y la promoción del uso sostenible de sus recursos naturales es letra muerta, y pareciera que lo único que consigue es tranquilizar la conciencia de autoridades con pasado ecologista como el actual ministro del Ambiente.

Y el Ejecutivo no pierde la oportunidad de exhibirse y ladrar en favor de sus amos (si el hortelano tiene su guardián, un minero con más razón). El tres de setiembre, al oficializar la concesión del proyecto minero “Las Bambas”, y luego el seis, en entrevista con el diario “Expreso”, Alan García afirmó que el Perú no sería un país agrario, como Francia o Estados Unidos, sino minero. Tal vez lo dijo para contentar a un auditorio que deseaba oír eso, como es su estilo, o acaso sólo para justificar la escandalosa desatención de su gobierno al agro, que produce para el mercado interno. Pero compararnos con estos países es una ligereza, pues Francia produce un tercio de los alimentos de toda la Unión Europea, pero da empleo directo sólo a poco menos del 3% de su población económicamente activa; el territorio francés es poco más de la mitad del nuestro, pero alberga a unos 70 millones de habitantes. Cada productor agrario francés rinde 25 veces más que le promedio del productor peruano. Esa es la diferencia sustantiva, que se explica por la prioridad político-económica, educación, capacitación y el apoyo subsidiado de su competitividad que recibe el agro galo. Igual que EEUU y el Japón, Francia apoya y defiende a su agro con políticas más sólidas; no como aquí que el gobierno de turno obliga hasta a los productores más pobres del país a “competir” con las importaciones agrarias subsidiadas o subvaluadas por las grandes potencias proveedoras.

¡Vida y agro sí, minas y muerte no!

Si bien ambas actividades son primarias, por constituir cada una el primer eslabón de la explotación de los recursos naturales, el agro siempre ha sido, es y será socialmente más importante, tanto por responder a la primera necesidad del hombre, la alimentación, como por ser una actividad productiva inagotable; en tanto que la minería sólo es extractiva y –por ende- perecedera.

Sin embargo, en los últimos años la expansión económica ha hecho variar el impacto de la minería en el marco general; por ejemplo, hay proyectos de inversión mineros para los próximos 10 años por 47,000 millones de dólares. En cambio, no hay nada parecido para el agro. Pero, aunque las inversiones en la minería y sus efectos pueden ser espectaculares, también son finitos, mientras que en el agro sucede lo contrario.

En las últimas décadas, el peso específico de los dos sectores en la economía del país han evolucionado de manera opuesta, mientras la minería desarrolla una curva creciente, el agro tiende a decrecer frente al conjunto, incluso por el impacto negativo de las políticas aplicadas al sector.

Participación sectorial en el producto bruto interno nacional


Desde la perspectiva netamente económica y sujeta sólo a la coyuntura, el Perú es un país más minero; pero desde la perspectiva social, incluyendo a la alimentación y el empleo, el Perú es preponderantemente agrario. Esto sucede a pesar de la creciente reducción de la población rural (de 57% en 1940, al 2008 sólo queda 23%), como consecuencia de una tendencia “natural” de la humanidad por urbanizarse. Aunque también por efecto del abandono y hasta maltrato del Estado contra el agro.

No obstante, sectorialmente la actividad rural, incluida la agropecuaria, tiene cada vez menor peso en la economía nacional cuantificable, el segmento de población comprometida –directa o indirectamente- en la cadena agroeconómica es muy alta, incluso sin considerar a otras actividades rurales menores. Uno de cada cuatro peruanos vive del campo; no podemos decir lo mismo respecto a la minería, donde, si bien no hay cifras disponibles, el personal ocupado directamente no debe exceder el 1% de la PEA y en forma indirecta el 5% (según el INEI, manufacturas, minas, petróleo y canteras representan el 9% del total del empleo nacional).

Aunque el territorio nacional aún entraña ingentes recursos mineros explotables, pero agotables, el Perú –por vocación cultural, empleo, biodiversidad y localización de sus actividades económicas- es fundamentalmente agrario.

Reflexionemos para corregir el rumbo. Tal como van las cosas, aquí la ciudad y sus oportunidades crecen más rápido que las del campo; esto explica la creciente descapitalización humana del Perú rural y, por consiguiente, la falta de desarrollo de sus mejores recursos y potencialidades. Además, no debemos olvidar que el 29.9% de nuestra población pobre está en el campo y, dentro de ella, el 10% es extremadamente pobre.

La minería, el sector que genera mayores ingresos monetarios para el país, actualmente constituye uno de los principales soportes de la “modernización”, mientras no se agote irreversiblemente. Pero el agro nos dio, nos da y nos dará siempre los nutrimentos decisivos para la vida.

Ecología y sociedad: Soluciones Coherentes

Pero nada de esto cambiará si no entendemos que esta situación responde a un modo de producción cuyas leyes son la explotación, la dominación y el autoritarismo bajo el nombre de libertad de mercado. Nuestra lucha no debe quedar en impulsar un agro moderno e incluyente, porque todos los problemas ecológicos y ambientales son problemas sociales, que tienen que ver fundamentalmente con una mentalidad y un sistema de relaciones sociales basadas en la dominación y en las jerarquías.

Entonces no podemos esperar que la solución nos caiga del cielo, debemos construir las alternativas desde una cultura popular, con la transformación radical de la sociedad y de nuestra propia sensibilidad, resolver los problemas de manera política, personal e histórica. Porque sólo nuestras fuerzas nos garantizan que la muerte y sus agentes no se adueñen de la fuente que nos da la vida.

Flor América
(Colaboradora de la USL)

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